Quizás debió hacer hincapié en lo que la vida le estaba diciendo a gritos.
Lanzarse menos al vacío.
Pero eso no formaba parte de su esencia.
Era imposible no tirarse al vacío cada vez que hubiese oportunidad. Porque al fin y al cabo el recorrido es un eterno salto al vacío, casi nunca sabemos qué hay del otro lado pero igual saltamos. Si no estaríamos quietos, como los árboles, pero sin vida. Nunca iríamos ni para atrás ni para adelante. Y es que en el camino hay que volver atrás para poder avanzar muchas veces. Hay que cerrar para poder abrir nuevos capítulos. Y nunca sabemos qué hay detrás de lo nuevo. Así que, eso de lanzarse menos al vacío, es una aberración a la vida misma. Constituimos nuestra vida en base a esos pequeños momentos en los que, generalmente sin pensarlo mucho, zas! Y descubrimos nuevos mundos, nos re-descubrimos.
Tal vez debería escuchar menos y observar más. A veces el que grita, por el simple hecho de gritar, no tiene la razón. Y es que en la vida no hay mucho de razón, las cosas simplemente suceden.