Mientras esperaba el colectivo una señora me increpó y me tiró sus palabras del mismo modo en que caen las manzanas de los árboles: de sopetón.
“Que tarde tristona, verdad?”
Podría haber hecho de cuenta que no escuché, pues tenía los auriculares puestos. Pero me molestó. Me molestó el hecho de que, a mi parecer, la tarde era perfecta. Me molestó el hecho de que me haga contrastar todas las percepciones diferentes ante un mismo suceso. Me molestó que me lo haga ver, pero me dió más bronca sabernos subjetivos. Me molestó que la variación del clima sea un efecto instantáneo en el este estado de ánimo y que encima, haya tantas variables.
Me molestó que su felicidad (o la de todos) varíe según el color del cielo, el olor del viento. Me molesto su atrevimiento, pero a la vez me pareció noble. Quién se anima en estos tiempos que corren a descubrir sentimientos ante un extraño? Me pareció valiente. Razón por la cual, no hice de cuenta que no la escuché, como suelo hacer siempre que tengo puestos los auriculares sin música. La quise abrazar con la mirada, quise explicarle que su tristeza no venía del color del cielo, ni de la velocidad de las nubes. Quise saber qué la entristecía.
También me contuve para no explicarle que extrañamente, para mí el día estaba hermoso, pero indefectiblemente era una tarde tristona. ¿Lo supo acaso y usó el pretexto del clima ? ¿Supo ella que la incertidumbre de cara al futuro hacían, de esta tarde en particular, una tarde tristona? Qué valentía la de esa mujer, exponerse así sin tapujos, iniciando una conversación con una extraña que busca aparentar que todo está en orden.
No quise faltarle el respeto, pero tampoco tenía tiempo para explicarle todo. Mi colectivo acababa de frenar en la parada.
Le sonreí dulcemente y le contesté: “A mi me parece que es una tarde hermosa”.
Y me fui con el dolor en la punta de la lengua, con mi sonrisa escondiendo la mueca de tristeza de quien esta a punto de echar todo a la suerte. Con el deseo en el alma de que no sea un adiós, sino un “nos vemos”. Me fui como quien carga sobre si el peso de la certeza, el saberme inoportuna. Siempre llegando a destiempo.