En su soledad disfrutó de esa mágica función de la que se sentía única espectadora. Aunque sabía que no era cierto: miles de almas la rodeaban.
Dejó que el viento furioso la despeine, despojándole sus miedos, sus incertidumbres. Fue menguando la intriga, derribando los muros que había levantado entre ella y el pasado. En las alturas se aprecia aún más nuestra finitud, nuestra pequeñez.
Llegó la calma, esa que siempre hay antes de la tormenta. Esa que sabemos que es falsa, pero nos gusta dejarnos engañar. Una calma mentirosa que entraña secretos de diluvio.
Se agarró bien fuerte al barandal, en cualquier momento el viento volvería a soltar su bramido.
Contemplo ese instante cuasi perfecto atenta a cada detalle. El silencio era una melodía infinita.
La calma cesó y abrió paso a los truenos, como rugidos, quebrantando aquel silencio perfecto.
Se quitó el vestido y los zapatos. Se recostó así, sin más, en aquella terraza desierta. Las tímidas gotas comenzaron a danzar. Como un cuentagotas salpicaban su cuerpo, despacio, con paciencia.
Cerró los ojos y se entrego al manantial que ahora recorría su cuerpo. Limpiandose así de todo aquello que dejaba atrás, su pasado, su dolor, su historia. La lluvia le limpiaba la piel, pero ella sentía que era su alma la que se purificaba.